No es precisa la presentación, aquí está nuestro “bloguero nº 13” poniendo nuestra alma frente al espejo:

No hay doce sin trece

Agradezco vivamente el ofrecimiento de Fernando e Isidro para aportar este modesto post número 13 dentro de la iniciativa #12visibles12M. Es una magnífica oportunidad para compartir un par de cosas que he ido aprendiendo en los últimos meses, relacionadas con la visibilidad de la Enfermería.

La primera es que para tener visibilidad hay que tener presencia. No puede uno quedarse encerrado en casa, trajinando con nuestras cosas (sin duda muy importantes), y quejarnos luego porque no tenemos “visibilidad”.

Formar comunicadores es abonar el terreno para que puedan crecer líderes. La incorporación de habilidades y herramientas de comunicación debería ser una asignatura obligatoria en las facultades de Enfermería. Y, desde luego, formar parte del núcleo esencial de los programas de aprendizaje continuo que los colegios, asociaciones o sociedades científicas desarrollan y financian (salvo que precisamente lo que quieran evitar sea que emerjan nuevos líderes para salvaguardar sus viejas, pazguatas hegemonías formales).

En segundo lugar, tener presencia es tener voz, es decir, tener discurso. No basta con repetir fuera lo que se consume dentro, por bonito que parezca y bien que nos suene: hay que generar discurso social, construido a partir no tanto de lo fundamental que resulta lo que ya hacemos, sino de lo prometedor que resulta todo lo que podríamos hacer.

Y en tercer lugar, de nada vale tener presencia y voz si no se tiene imagen. Cuando abordo este tipo de cosas hay algún personal que se me mosquea: “no somos un producto a la venta”, “lo que importa es la esencia, no la apariencia” y ese tipo de cosas que ya conocéis (y que igual alguno compartís).

Yo creo que estos argumentos, además de endebles, son interesados (“zona de confort”) y a veces esconden una cierta falta de seguridad, incluso de autoestima: producto casi inevitable de la vergüenza (propia) que se experimenta ante la imagen oportunista, desabrida y desprofesionalizada de la Enfermería que proyectan unos liderazgos tóxicos, tantos años en un poder ineficaz, omnímodo y sin controles, distorsionando la esencia cooperativa, comprometida y responsable de vuestra querida profesión.

Es una tarea de años y nada sencilla, pero un delicioso reto, tratar de construir una potente imagen social a partir de unos pocos rasgos intrínsecamente característicos de la Profesión de Enfermería del Siglo XXI que teniendo un potencial tan inmenso suelen pasar inadvertidos entre tanta exaltación de esencias y señas identitarias. Me refiero, por ejemplo:

  • A su gran capacidad para dejar hablar, escuchar y entender a las personas, algo que la diferencia radicalmente de otras profesiones sanitarias donde sigue predominando una conducción asimétrica y jerárquica del encuentro entre profesional y paciente.
  • A su disponibilidad cultural para establecer el campamento base dentro de la comunidad, sin limitarse a esperar tras una mesa a que sean las personas con problemas generalmente ya enquistados quienes acudan “a demanda” a las  consultas y despachos.
  • Al inagotable acúmulo de habilidades y capacidades gestoras que se ha ido generando, enfermera a enfermera, unidad a unidad y día a día, en el rol de coordinadores de recursos humanos y materiales, una expertise negada, casi incógnita, pero sin la cual los centros sanitarios más complejos no se sostendrían ni un solo día.
  • A su inmenso potencial, prácticamente inexplotado, como sensor inteligente en la detección de deficiencias, malas prácticas y negligencias asistenciales que comportan riesgos para la seguridad de los pacientes y, al tiempo, ruinosas fugas de eficiencia económica en las organizaciones sanitarias.
  • A su vocación, o al menos disponibilidad probada, para cubrir algunas áreas que más intensamente deja desatendidas la Medicina, pero en las cuales los sistemas públicos de salud se están jugando ya buena parte de su viabilidad futura: atención comunitaria o asistencia geriátrica entre ellas.

¿Tenemos hoy y aquí esa enfermería capaz de afirmarse dentro de estas señas de identidad? No o no del todo, según se vea el vaso medio vacío o medio lleno. Es aún largo el camino por recorrer y el tiempo empieza a agotarse, así que hay que ponerse a ello, empezando por ajustar cuentas con ciertos viejos paternalismos desmovilizadores. Y, como siempre se dice pero casi nunca se hace, perforando con decisión el túnel que unirá el 2.0 con el 1.0.

Es paradójico: mientras que la Enfermería encarna tantísimas cosas de las que más admiro en una profesión, sus dirigentes actuales representan todo lo que aborrezco desde un punto de vista ético (y hasta estético). Sin duda hay que actualizar los liderazgos y discursos del siglo XX para poder volar en el XXI. Muchos ánimos y un fuerte, fuerte abrazo para todxs.

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Juan F. Hernández Yáñez.

Sociólogo.