Hoy nuestra #genteDcuidado son esos cuidadores que contemplan un día sí y otro también, las “sillas vacías” que dejaron los suyos. Son tres historias de vida y nos las cuenta Iñaki Peña Bandrés

Tres Sillas Vacías

María Jesús vivía con su madre Basilisa, muy añosa, en un caserío del mismo pueblo donde está nuestro hospital. La cuidaba con un empeño que nos llamaba la atención, no parecía asumir la proximidad de la muerte y nos chocaba. Teníamos unos cuantos años menos, en mi caso concretamente veintipico, todavía pelo en la cabeza y una tendencia  a juzgar los comportamientos de los familiares de los enfermos que, afortunadamente, ha ido quedando atrás con el tiempo. Pensábamos que María Jesús no lo aguantaría, que no sabría qué hacer con su vida de cuidadora en cuerpo y alma tras la muerte de su madre. Pero muchos años después, con mucho menos pelo en la cabeza en mi caso, me he reencontrado con ella. Ha venido con su esposo Iker, al que cuida con la ayuda de una mujer saharaui muy sonriente. Su marido sufrió un accidente cerebro-vascular que le ha dejado con graves secuelas y que casualmente coincidió en el tiempo con el fallecimiento de Basilisa.

Lourdes habita en otro entorno mucho más urbano, en el llamado Gran Bilbao, en una pequeña casa donde también hay una silla vacía. Su marido Jokin era bronquítico crónico en fase muy avanzada, y tuve el placer de conocerlo y atenderlo a domicilio en su fase final de vida. Tenía un envidiable sentido del humor, que sin duda lo mantuvo con vida durante más tiempo de lo esperado, y hablamos en aquellos meses de prácticamente todo, de lo divino y lo humano: “Yo, que siempre he sido ateo, ¡a ver si va a existir Dios al final!”. Me pidió que me asegurara bien antes de ponerle el “globito” (infusor subcutáneo), y comentaba que de todas formas a su edad él “ya no estaba para globitos”. Lourdes para globitos tampoco, pero sí está para pasear a su perrita a diario, para cenar con sus hijos todas las semanas, para aprender euskera “a su edad” y para cantar en el coro de su pueblo. Doy fe que con la lengua va haciendo progresos, somos amigos en Facebook y el otro día comimos en un conocido restaurant de la costa de Gipuzkoa en compañía de su hijo, también llamado Jokin.

Jone vivía también en entorno rural, en una localidad cercana a nuestro hospital, con su madre también de edad muy avanzada, Salomé. Tenía la válvula aórtica muy estenosada, pero año tras año venía a la consulta sin novedad, elegante, sonriente y vital acompañada por sus hijas. En cada consulta no faltaba un queso y una invitación para ir a visitarla al caserío. Hasta que un día de nieve bajando del monte paré allí y compartimos mesa con sus hijas junto al fuego. Era una mujer feliz y muy bien cuidada. Con los años cambié de hospital, pero seguí frecuentando aquella zona, y una mañana casualmente nos encontramos en una gasolinera de su pueblo. Sabía que Salomé había fallecido, pero Jone me lo contó con todos los detalles que pudo, con una ira no contenida pero posiblemente justificada por alguna actuación hospitalaria que no fue adecuada. Desde entonces no quiere saber nada de nuestro sistema público sanitario, ni siquiera de su magnífica médica de familia, quien ya ha intentado sacarla del duelo complicado en el que está. Hablé con Jone por teléfono, agradeció la cortesía, pero no he sabido más de ella a pesar de la invitación, esta vez por mi parte, de volver a vernos. Será como hacer fuego con leña mojada por la lluvia o por la nieve, pero lo volveré a intentar con paciencia y el cariño que les debo.

Iñaki Peña Bandrés